[existir, pensar, construir, empezar, presentar, producir...]
Mauricio Patrón Rivera (México D.F., 1984). Escribo sobre corporalidades fuereñas. Suelo trabajar con otras y otros. Hago un doctorado en escritura creativa en Houston. Se me da la investigación curatorial, la traducción, la comunicación social, y el periodismo. Estoy en el cierre de un periodo cínico.
In the artificial glow of electric lights avenues are repaired and sidewalks and public squares are washed. In Spanish we use the passive voice, preceded by “se” when the subject of the sentence is omitted. An action is taking place without a subject. It reads as if avenues, sidewalks, public squares, trees, public lighting, and other infrastructure maintained themselves, as if their state were free. The subjects of such work are rendered invisible on account of their standing as handlers of excesses. It is a job conceived to eliminate what we do not want to see and the workers who do it share the same fate.
Tres balazos cruzaron la noche y luego regresó la calma. La neblina estaba bajando y difuminaba los límites entre calle, banquetas, vías y la estación de tranvía. La única luz encendida más allá de algunas farolas era la de una ventana en un cuarto piso, desde la cual una pareja miraba desnuda.
Publicado originalmente en Revista Máquina el 13 de febrero de 2020.
Escribir de lo que no soy, desde lo que sí. Usando la representación, repetición, recreación para hablar de los lazos que tengo con otras personas o personajes a partir de todas mis limitaciones.
Con sus caminatas, Olimpia zurcía el río Bravo. Cruzaba diario por el Puente Santa Fe para trabajar de meid en El Paso. Sus patrones eran siempre distintos porque de eso había mucho trabajo, así que una iba agarrando donde mejor le viniera. Un día por el centro; otros, los más, en las colonias bonitas, los suburbs; incluso una vez acabó en Las Cruces. A mí me encantaban sus zapatos, unas sandalias bajas de plástico rojo que dejaban asomar los dedos del pie por la punta; cuando íbamos a pachanguear Oli se pintaba las uñas del mismo color. De las compañeras que conocía, era la que más bonito se arreglaba. Era agradable, como que inspiraba confianza.
No soy más joven que ayer y desde entonces tengo dos cuerpos, el que quiero que sea y el que soy. Vivimos juntos desde pequeños. Nos vestían igual, vemos los mismos programas y siempre hemos ido juntos a la escuela.
Pero hubo una ocasión en que salimos a dar la vuelta, por la calle de Durango, un jueves por la tarde. Íbamos a la casa de nuestro mejor amigo, Luis, pero a la altura de la calle Sonora se soltó un enorme pastor alemán de la mano de su dueña, corrió directo hacia nosotros y cada uno escapó para un lado distinto. El perro alcanzó al que soy y me marcó los dientes en la nalga derecha. El que quiero ser resultó ileso, pero desde entonces se fue distanciando de mí.
Aunque en cada comida seguimos metiendo la cuchara a la boca exactamente al mismo tiempo, yo lo admiro por su escape y él me desprecia por haber sobrevivido.
Desde entonces, me miro al espejo cada día. Los pelos creciendo desordenados por todas partes, la panza indomable, las uñas mordidas y las cicatrices son todas mías. Las bromas frente al espejo, suyas. El parkourimaginario mientras nos vemos esa parte torneada del brazo es suyo; la pose con los lentes nuevos, suyos. Las sonrisas también.
Las mejores caminatas y los hombros alineados en postura de Dandi del Apocalipsis; sí, son suyas. Cuando nos arrojamos a bailar, la pista y la barra le pertenecen, yo me quedó con la camisa sudada, la cuenta y las filas en el baño.
En la geografía de mi cuerpo me pertenece la devastación, y esa protuberancia negra que me preocupa, pero nunca atiendo; tal vez un día estalle y será mi venganza contra el que quiero que sea. Y es que mi admiración por él se había terminado por completo. Pasé toda mi juventud dándole mis mejores recuerdos y teniendo que vivir lo peor del presente con los peores recuerdos. Ese cuerpo traidor que estaba atrapado en mi futuro me empezó a dar ansiedad, hasta que me di cuenta de que él también se estaba haciendo viejo.
Mi venganza no tenía que ser un estallido de sangre, ni una lesión escandalosa, solo la paciencia. El que quiero ser estaba tan ocupado viviendo en el futuro, intentando ser perfecto, que empecé a meter recuerdos de contrabando en su territorio. Le colé la vez que nos dieron una paliza en la escuela, en especial cuando nos sacaron el aire del estómago. La vez que no aguanté y me cagué en los pantalones, la vez que me gritaron “pinche putito” porque solo tenía un amigo y estábamos juntos cada recreo. La vez que nos masturbamos y me metí un dedo en el culo para ver que sentía. La vez que me emborraché y sus labios besaron los de su mejor amigo. El cuerpo que quiero que sea no pareció inmutase, creo que estaba muy ocupado estudiando y ganando dinero.
Lo empecé a sabotear llenándole el cuerpo de todas mis perversiones y exploraciones, incluso los recuerdos que más cariño les tenía, como la vez que me puse una tanga por primera vez o cuando robé mi primer vestido, porque supe que cuando él los descubriera le estallarían en la cara con la inminencia del no retorno. Así fue como me hice su pasado y el se hizo mi presente. Sé que aún me recuerda cuando se queda largo rato en el espejo y cuando al subir la media por su pierna derecha sus dedos rosan mi cicatriz de perro.
Jennifer Scappettone se ha puesto el traje de Alicia, invitando a sus lectores a avanzar hacia lo inquietante (eerie). Esta vez, Alicia sigue al conejo hacia el basurero más toxico de Estados Unidos, en Westhill, New York.
Hace unas semanas vi un tuit que decía: The wrong Amazon is burning. The wrong ICE is melting.
Hay una agresión generalizada contra las personas no-blancas-trans-maricas-pobres-inmigrantes-y-jóvenes. Es decir, contra casi cualquiera, contra quien se atreva a salir de la norma, contra los inclasificables. Entre ellos, quienes pierden sus derechos al cruzar la frontera. Y aunque el ataque es generalizado, la empatía peligra.
En una carta recién publicada por personalidades hispanas, dirigida a la Querida Familia Latina se lee:
“A nuestros aliados que sienten el dolor de nuestra comunidad, los necesitamos. El cambio no sucederá sin sus voces y sus acciones. Les pedimos que alcen su voz en contra del odio, contribuyan con recursos a organizaciones que apoyan a nuestra comunidad y responsabilicen a nuestros líderes”[1].
Es un llamado a estar juntas y apoyar a las familias inmigrantes separadas o en riesgo de separación en el contexto del tiroteo en El Paso. Cuando el Immigration and Customs Enforcement(ICE) separa a un niñix de su familia, me pregunto qué parte de mí se separa.
Frente a ese llamado de realidad, busco noticias y encuentro a Darlyn Cristabel Cordova-Valle, tenía 10 años, era de El Salvador, murió en un centro de detención. ¿Cómo podemos abrir un espacio en nuestra cotidianidad para entender su muerte? ¿Por qué seguimos reproduciendo las formas del capital sin que la muerte de una niña nos haga reaccionar?
Soy un mexicano viviendo en Texas. Las identidades colectivas no son definidas naturalmente, no hay una obligación de estar juntos. Reconocernos como Latinos, Latinas, LatinX no es algo natural, tiene que ver más bien con el deseo de estar juntas, con reconocer como nuestra la historia de Latinoamérica, con reconocernos parte de un mismo cuerpo colectivo. Y en una sociedad que todo lo divide, que nos segmenta para convertirnos en consumidores y objeto de consumo, el acto de querer estar juntos es amorosamente político. En este tipo de sociedad querer estar juntos no es normal, y entonces nosotras somos las anormales, las que buscamos la ternura en la tragedia ajena y nos las arreglamos para hacerla nuestra.
Si la herramienta que tenemos a la mano es la de la escritura, la de convocarnos y escucharnos, pues hay que seguirla usando para estar aquí todos juntos como una familia que ICE no va a poder separar.