Santa Sabina y el arte de sonar irrepetibles
Antes de que suenen las primeras notas, antes incluso de que las luces bajen, ya existe una atmósfera difícil de explicar. Quizá porque Santa Sabina nunca fue únicamente una banda: fue un refugio emocional para quienes encontraron en la música algo más que entretenimiento. Una puerta hacia lo introspectivo cuando el panorama sonoro parecía exigir inmediatez. Para quienes crecimos lejos del epicentro cultural del país, descubrirlos fue casi un rito de iniciación. La música no llegaba de inmediato: viajaba lenta, escondida en cassettes copiados una y otra vez, en recomendaciones dichas en voz baja y en páginas desgastadas de revistas especializadas que parecían mapas secretos hacia un territorio desconocido. Así se abría, poco a poco, la puerta del underground mexicano. Y entonces apareció Santa Sabina . No como una banda más, sino como una revelación que expandía los límites de lo que entendíamos por rock nacional. Había algo distinto en su presencia: una oscuridad elegante, liger...