(nota preliminar: a comienzos de Febrero viajé a Córdoba para hacer un retiro de Vipassana y escribir una crónica)
¿Cuándo empieza un retiro de silencio?
¿Con la primera instrucción?
¿Cuando uno llega al lugar?
El silencio, en términos de una conciencia meditativa, no es dejar de hablar con otros ni dejar de pensar en voz alta (sobre esto último, lo de hablar en voz alta, ahora parece haber un consenso positivo: dicen que es propio de personas con buena regulación emocional).
El noble silencio no es solo ausencia de sonidos. Incluye también los ruidos mudos del pensamiento. Supongo. Lo sabré cuando complete los diez días de retiro Vipassana.
El micro a Córdoba es amplio, cómodo y no tiene TV. Punto a favor para el silencio.
Para el viaje nocturno de 12 horas traje una bolsa de frutos secos y unos sándwiches: lomito, queso, tomate, palta, huevo duro y lechuga. Los preparé yo mismo y están deliciosos.
En el asiento de adelante hay un hombre al que la mujer que le tocó al lado le dio cabida. Desde que el micro arrancó, están conversando y riendo. No tienen pinta de querer dejar de hablar el resto del viaje. Punto en contra para el silencio.
Esta tarde, en mi casa antes de subirme al micro, uno de esos aguiluchos que pusieron en el cielo de Buenos Aires para atrapar palomas quiso atrapar a mi gatita, que tiene poco más de tres meses de vida. Sucedió a un par de metros de mí. Yo estaba contando los billetes para llevar al viaje cuando escuché un ruido inusual: miré al balcón y enseguida vi dos cosas nuevas. La primera, la gatita haciendo equilibrio sobre el metal angosto de la baranda. La segunda, un pájaro que voló hacia ella y la golpeó. Pensé que era una paloma que, en su torpeza, había chocado a Uguita por error. Luego entendí que no había nada de eso. Era un aguilucho con sus garras desplegadas que, en pleno vuelo depredador, había querido cazar a mi gatita bebé. Gracias a Dios no lo logró: hubiese emputecido tanto mi día, mi viaje, mi vida, verla alejarse en el cielo entre las uñas de un pájaro asesino.
El tipo del asiento de adelante no para de hablar con la mujer que acaba de conocer. Tiene el torso volcado hacia ella. La conversación ya está instalada y él acapara el diálogo casi por completo. El animal más elocuente de la naturaleza es un hombre explicándole algo a una mujer que le gusta; que ella no le conteste o que casi no participe de la charla es, para él, algo circunstancial.
Llegamos a Capilla del Monte a la mañana. Desayuno a la vuelta de la terminal, en el Hotel Roma, un lugar que respira hospitalidad. Fui el primero de esa mañana en llegar al salón comedor y ataqué sin piedad el buffet de delicias caseras. Después de mí aparecieron dos familias, una con tres hijos y otra con uno. Ambas silenciosas. Al rato cayó el chofer de una de las empresas de transporte, se sentó a la mesa con unas medialunas y se puso a escuchar audios de WhatsApp a todo volumen. El silencio no es para todos igual de importante.
La gente que comprende la belleza del silencio goza mejor de la existencia.
Fá.
Una señora del hotel le pidió a una empleada que encendiera la música, “pero no muy alta, para que puedan charlar”. Pone un hilo musical. Se estaba mejor antes.
El silencio, nuevamente, es esa cosa temida.
Tercera y última vez que me sirvo del buffet libre. Ya no tengo más apetito. Lo hago porque todo está rico y quiero estirar la saciedad hasta el mediodía. Recién son las 9:45.
Ya tengo mi pasaje en colectivo desde Capilla del Monte hasta el cruce de Ongamira. Según las indicaciones que me mandaron por mail los organizadores del retiro, desde ese punto de la ruta hay que caminar 1,8 kilómetros hasta llegar al retiro.
Termino las últimas cucharadas de ensalada de frutas con kiwi, arándanos, frutilla y durazno. Pido en recepción dejar mis dos mochilas acá en el hotel y salgo a caminar por el centro de Capilla, una ciudad que parece un parque temático de alienígenas y platos voladores.
(continuará?)

