• La gente que comprende la belleza del silencio goza mejor de la existencia.

    (nota preliminar: a comienzos de Febrero viajé a Córdoba para hacer un retiro de Vipassana y escribir una crónica)


    ¿Cuándo empieza un retiro de silencio?
    ¿Con la primera instrucción?
    ¿Cuando uno llega al lugar?

    El silencio, en términos de una conciencia meditativa, no es dejar de hablar con otros ni dejar de pensar en voz alta (sobre esto último, lo de hablar en voz alta, ahora parece haber un consenso positivo: dicen que es propio de personas con buena regulación emocional).

    El noble silencio no es solo ausencia de sonidos. Incluye también los ruidos mudos del pensamiento. Supongo. Lo sabré cuando complete los diez días de retiro Vipassana.

    El micro a Córdoba es amplio, cómodo y no tiene TV. Punto a favor para el silencio.

    Para el viaje nocturno de 12 horas traje una bolsa de frutos secos y unos sándwiches: lomito, queso, tomate, palta, huevo duro y lechuga. Los preparé yo mismo y están deliciosos.

    En el asiento de adelante hay un hombre al que la mujer que le tocó al lado le dio cabida. Desde que el micro arrancó, están conversando y riendo. No tienen pinta de querer dejar de hablar el resto del viaje. Punto en contra para el silencio.

    Esta tarde, en mi casa antes de subirme al micro, uno de esos aguiluchos que pusieron en el cielo de Buenos Aires para atrapar palomas quiso atrapar a mi gatita, que tiene poco más de tres meses de vida. Sucedió a un par de metros de mí. Yo estaba contando los billetes para llevar al viaje cuando escuché un ruido inusual: miré al balcón y enseguida vi dos cosas nuevas. La primera, la gatita haciendo equilibrio sobre el metal angosto de la baranda. La segunda, un pájaro que voló hacia ella y la golpeó. Pensé que era una paloma que, en su torpeza, había chocado a Uguita por error. Luego entendí que no había nada de eso. Era un aguilucho con sus garras desplegadas que, en pleno vuelo depredador, había querido cazar a mi gatita bebé. Gracias a Dios no lo logró: hubiese emputecido tanto mi día, mi viaje, mi vida, verla alejarse en el cielo entre las uñas de un pájaro asesino.

    El tipo del asiento de adelante no para de hablar con la mujer que acaba de conocer. Tiene el torso volcado hacia ella. La conversación ya está instalada y él acapara el diálogo casi por completo. El animal más elocuente de la naturaleza es un hombre explicándole algo a una mujer que le gusta; que ella no le conteste o que casi no participe de la charla es, para él, algo circunstancial.

    Llegamos a Capilla del Monte a la mañana. Desayuno a la vuelta de la terminal, en el Hotel Roma, un lugar que respira hospitalidad. Fui el primero de esa mañana en llegar al salón comedor y ataqué sin piedad el buffet de delicias caseras. Después de mí aparecieron dos familias, una con tres hijos y otra con uno. Ambas silenciosas. Al rato cayó el chofer de una de las empresas de transporte, se sentó a la mesa con unas medialunas y se puso a escuchar audios de WhatsApp a todo volumen. El silencio no es para todos igual de importante.

    La gente que comprende la belleza del silencio goza mejor de la existencia.

    Fá.

    Una señora del hotel le pidió a una empleada que encendiera la música, “pero no muy alta, para que puedan charlar”. Pone un hilo musical. Se estaba mejor antes.
    El silencio, nuevamente, es esa cosa temida.

    Tercera y última vez que me sirvo del buffet libre. Ya no tengo más apetito. Lo hago porque todo está rico y quiero estirar la saciedad hasta el mediodía. Recién son las 9:45.

    Ya tengo mi pasaje en colectivo desde Capilla del Monte hasta el cruce de Ongamira. Según las indicaciones que me mandaron por mail los organizadores del retiro, desde ese punto de la ruta hay que caminar 1,8 kilómetros hasta llegar al retiro.

    Termino las últimas cucharadas de ensalada de frutas con kiwi, arándanos, frutilla y durazno. Pido en recepción dejar mis dos mochilas acá en el hotel y salgo a caminar por el centro de Capilla, una ciudad que parece un parque temático de alienígenas y platos voladores.

    (continuará?)

  • «¿Qué hora es?» (antiguo adagio)

    Hoy mi mamá me mandó una foto de su reloj pulsera. Ya no es el Rolex de plata que usó durante décadas y que parecía ser una parte más de ella. Ahora usa uno muy parecido.

    Alguien distraído diría que es el mismo, por la forma, el estilo y el color, pero otro más atento notaría que dice Paddle Watch en lugar de Rolex.

    Hace unos años que decidió sacarse el Rolex por temor a los robos. Creo que hizo bien. Qué idea de otra época es la de ir por la calle con un reloj costoso en la muñeca y suponer que uno está a salvo. Más aún cuando hay miseria alrededor, y todavía más si una está por cumplir 83 años y es mujer.

    En el cuadrante del Paddle Watch faltan los marcadores horarios de las 9 y de las 10. Esos pequeños índices de símil metal se salieron y dejaron un vacío entre las 8 y las 11.

    Junto a la foto, ella escribe: “jaja, de 9 a 10 desaparezco”. Y agrega: “¿el cielo me estará indicando que tengo que descansar esas dos horas?”.

    Quisiera encontrarle gracia al comentario, pero en vez de eso pienso en la memoria que se le va y en la conciencia que ella tiene de ese hecho. Me duele que no me pida ayuda. Su luna en Capricornio está blindada.

    Debe ser angustiante empezar a recordar menos.

    O no, no lo sé.

    Para mí es angustiante, eso es seguro. Aceptar que no puedo revertir el deterioro cognitivo es un ejercicio de humildad.

    ¿Por qué oso pensar que sí podría?

    ¿De dónde viene ese sentido de omnipotencia?

    Del miedo viene, maestro.

    Del miedo a perder a tu mamá.

  • Anatomía del buen descanso

    Compré dos almohadas porque las que tenía ya estaban demasiado soñadas y hacía rato que perdieron su tonicidad original, su color, su invitación a dormir. A esas las tiré en el contenedor verde de basura que hay en la calle; las solté dentro de ese depósito maloliente con un poco de pena. Cerré la tapa del basurero y no las vi más. Las solté sin agradecerles tanto reposo que me dieron, y un poco me arrepentí. Podría haberlas besado antes de tirarlas, como muchos hacen con el pan duro.

    ¿Y la idea de que “lo viejo funciona” dónde quedó? Esas almohadas podrían haberme sostenido un tiempo más, pero me dejé convencer por unas nuevas que vi enuna vidriera.

    Cuando entré al local, el vendedor me explicó que eran de vellón y que se limpiaban en el lavarropas sin problema. Me llevo dos, dije, y me llevé dos.

    Como ameritaba estrenarlas cambiando las sábanas, elegí las más nuevas que tengo. Armé la cama y cuando llegó el momento de meterlas en las fundas, una almohada calzó perfectamente y la otra me costó que entrara. ¿Podía ser que de las dos fundas se hubiese encogido solo una? Podría ser, pero lo que pasó en realidad es que el tipo me vendió dos almohadas de distinto tamaño.

    Ahora que las miro bien, una es notoriamente más grande que la otra. ¿Lo habrá hecho a propósito? ¿Vale la pena llevárselas de vuelta para reclamar que las empareje?

    Me esfuerzo por convencerme de que quedarme con las dos almohadas irregulares es menos fastidioso que volver a llevarlas al local.

    Me acosté a leer y a probar la comodidad de las almohadas nuevas.

    La más chica es insuficiente: el cuello me queda casi paralelo al colchón. La más grande no es mucho mejor: demasiado alta, el cuello me queda en un ángulo de 45 grados y es incómoda.

    Puse una arriba de la otra. Es la opción menos mala. Pensaba que tal vez no sean almohadas defectuosas, sino la comprobación de que lo parejo y lo simétrico son solo ilusiones tranquilizadoras.

    Y me dormí profundamente.

  • No estamos hechos de azúcar

    Hoy fue el tercer día consecutivo que caminé a la mañana hasta el Parque Centenario para pisar descalzo el pasto y meditar abajo de un árbol. A diferencia de ayer y anteayer, hoy empezó a caer una llovizna antes de que llegara.

    Mi rutina es descalzarme apenas entro al predio del lago y caminar un buen rato por el pasto antes de elegir un árbol donde sentarme. Hoy, antes de empezarla, ya caía una lluvia moderada. Me senté abajo del árbol más frondoso y menos meado que encontré a ver caer la lluvia sobre el lago.

    Para mi agrado, había varias personas que también se quedaban en el parque haciendo sus cosas a pesar del agua: caminando en pareja, haciendo yoga, compartiendo mate. Me acordé de lo que respondió un tuitero holandés cuando les preguntaron por qué en Ámsterdam cuando llueve la gente sale igual a andar en bicicleta: “porque no estamos hechos de azúcar”.

    La lluvia puede aumentar o decrecer en intensidad y eso lo determina si es una nube pasajera o si hay un cielo encapotado que lo cubre todo de gris, un bellísimo firmamento cielo de color plomo. Hoy era lo segundo.

    Puse la mochila al lado mío, en contacto con la pierna por si algún pillo decidía manoteármela mientras yo estuviera con los ojos cerrados. Esta vez parecía no ser necesario porque la poca gente que circulaba por el parque no estaba en ese plan, pero nunca se sabe.

    El árbol me resguardaba bastante. Me alcanzaban unas gotas livianas, pocas comparadas a estar al descubierto. Calculé que podría estar ahí, sin empaparme del todo, los veinticinco o treinta minutos que medito.

    ¿Y si me empapara… qué?

    Siento que trascender es darse cuenta de que incluso lo que hacemos en automático fue, alguna vez, una elección. Y que en esa duda —sin saber si lo que uno hace es o no beneficioso— aparece un primer paso hacia la libertad propia de ser.

    Me agradaba que, a unos 20 metros, hubiera un muchacho meditando —o sentado como si fuera a hacerlo— también bajo la lluvia, pero al descubierto. Para mi asombro, de repente hizo una maniobra de gimnasia y ensayó una vertical desde la posición en la que estaba. Era una suerte de acróbata avanzado.

    Me puse el temporizador y entré en meditación mientras la lluvia, de a poco, se intensificaba. Lo único que me mantenía alerta era que el celular, adentro de la mochila, no se mojara. Lo guardé en el bolsillo interno.

    Después de unos minutos de silencio, visualicé las raíces del árbol debajo de mí, ¿hasta donde se extenderían?  Visualicé el cielo por encima del árbol. La tierra y el aire.

    Me visualicé conectando a lo profundo de la tierra como con un gancho —como los de alpinista—y, a la vez, con un gancho similar, conectándome con firmeza al cielo, sostenido por esa tensión.

    Más adelante, en un acto simbólico, “tomé” el cable imaginario que me une al cielo con la mano derecha y el cable que me une a la tierra con la izquierda. Y como si tirara suavemente de cada uno, recorrí la vertical de mi cuerpo hasta que ambos extremos se encontraron a la altura del plexo solar, debajo de las costillas. En el mismo acto, hago un nudito para atar los dos cables con firmeza. Luego suelto los brazos y sigo meditando un poco más.

    Ya llueve del todo. Las hojas que hacían de techo han sido vencidas.

    Abro los ojos. El acróbata ya no está. Igualmente queda todavía alguna poca gente a la distancia.

    Un muchacho camina descalzo y sin apuro por el borde del lago. Me parece que va llorando. Su cara es triste, mira hacia el piso y cada tanto se frota los ojos.

    Me pongo de pie. Tengo las piernas embarradas casi hasta las rodillas. Camino en dirección a la salida del parque, con la mochila en la espalda y las zapatillas, con las medias adentro, en la mano. Piso a propósito un charco que del camino para limpiarme los pies antes de calzármelos.

    Salir del parque al tránsito de la avenida se parece al momento de transición entre estar dormido y despertarse.

    Camino a mi casa paro en una carnicería para comprar algo que cocinar. Leo en un cartel que los patamuslos están a buen precio. Así, todo elevado como estoy, le pido esa oferta al carnicero. Me responde “sí, ¿cuál querés, el izquierdo o el derecho?”. No entiendo a qué se refiere y me quedo en blanco. Después me doy cuenta del chiste. Me río y él acompaña.

    Pago y me voy del local, todavía con una sonrisa dibujada en la cara. Toda la meditación pareciera haber sido para llegar a este momento.

  • El derecho a no saber

    Pasé una planta, que había comprado a la señora de la verdulería, a una maceta más grande. La original era de plástico, de esas baratas que sirven sólo para exhibir la planta en venta; la mudé a una más grande y de terracota.

    Me da la impresión de que después de unos pocos días, la planta aumentó su tamaño. Tiene más lugar para expandir sus raíces, y la parte visible, arbórea, parece querer ocupar un espacio mayor. Para la planta debe ser como para un humano mudarse de un dos ambientes a un tres: el cuerpo registra un cambio y lo que estaba comprimido se relaja y estira.

    La mujer que me la vendió es la pareja del verdulero, un muchacho flaquito y serio, no muy dotado para la interacción social. La que mueve la energía del local es ella. De a poco, fue saliendo del rol de ayudante para acomodar la mercadería, y pasó a gestionarse su propio puestito de plantas. Consiguió una estructura de alambre de donde cuelgan las distintas variedades que ofrece, acomodadas medio al tuntún, en un desorden estético y alegre. Es una decoración que le aporta vida a la vereda.

    Me gusta conversar con ella un rato antes de comprarle. Le pregunto si tal planta necesita mucho o poco sol. Ella me responde como si lo supiera a ciencia cierta, y aunque no lo sabe a ciencia cierta, siempre me contesta algo.
    —¿A esta hay que regarla seguido?
    —Sí… más o menos, depende… Da unas florcitas violetas divinas.
    —¿Pero cada cuánto la riego?
    —Y… andá fijándote, a veces un poquito más, otras menos. Depende de cómo la vayas viendo.

    La sabiduría de su incerteza me parece más honesta que si me respondiera “Echale agua cada 24 horas sobre la raíz y nunca sobre las hojas, que le dé el sol al menos tres horas por día”, por ejemplo. Me gustan las personas que hacen lugar a que el otro haga su experiencia, que pruebe sus propios métodos:

    ¿La regué de más? Entiendo que no necesita tanta agua.
    ¿Las hojas empezaron a secarse? La puse en un rincón donde el sol da muy fuerte: voy a probar moviéndola más allá.

    Es lo contrario del paradigma Instagram o TikTok, donde casi todos parecen tener la necesidad de explicar algo, de dar cátedra. Estoy harto de este tipo de comunicación. Reivindico el derecho a empezar de cero, a ser ignorante, a siempre querer aprender. No hace falta que todos seamos expertos, que siempre tengamos una respuesta clara, precisa y definitiva para los problemas. Nos hacemos realmente sabios cuando admitimos nuestra ignorancia. ¡Basta, la puta madre!

    “Todos somos muy ignorantes. Lo que ocurre es que no todos ignoramos las mismas cosas”, dice la frase atribuida —apócrifamente, casi con seguridad— a Albert Einstein.

    Escribo esto mientras miro cómo se mece una de las plantitas que me vendió la mujer del verdulero con el viento delicioso de esta mañana de diciembre.

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    PD: El “¡Basta, la puta madre!” se lo dije a mi gatita Uga: mientras yo dictaba el texto en el celular, ella mordía los cables de la computadora y mis dedos de los pies.

    Leyendo el texto transcripto en la pantalla me di cuenta de que ese era el énfasis que necesitaba el párrafo.

    Gracias, Uguita, por hacer todo bien.

  • También se aprende a ganar

    El ajedrez me recuerda a cuando lo jugaba con papá.
    Él me ganaba todas las veces y a mí me frustraba: era invencible.

    Cada partida la empezaba pensando cómo la iba a perder.
    No jugaba para ganar, jugaba para perder lo más dignamente posible. Probaba movimientos impulsivos, sin estrategia.

    Mucho tiempo después supe que en el ajedrez la paciencia —el esperar— es constitutiva del juego.
    En ese momento, yo me apuraba a mover porque creía que si tardaba él se iba a aburrir y se iría.
    Y yo quería estar con él.
    Si se iba del juego, perdía ese momento —uno de los pocos que compartíamos.

    Así que, cuando me tocaba, movía mis piezas sin técnica ni plan.
    Él, con movimientos decididos, me comía piezas que yo ni siquiera sabía que estaban en riesgo. Me ganaba con facilidad; las partidas eran cortas. Yo no era una amenaza como rival.

    Pero un día, después de que moví una pieza sin esperanza, pareció estar a punto de decir algo.
    Lo contuvo. Dudó. Repasó el tablero. Asintió en silencio. Frunció los labios. Volvió a mirar. Negó con la cabeza. Quería estar seguro.

    Hasta que finalmente habló:

    —Sí. Es jaque mate. Me ganaste.

    Si no me lo decía, yo no me daba cuenta.

  • Uga

    Adopté una gata nacida el 12 de octubre. Mañana cumple 45 días.

    Llegó ayer, lunes feriado, y anoche dormimos juntos por primera vez. Hasta ahora solo conoce mi habitación; en especial la cama, que para ella es un territorio inmenso. Me encanta cómo encuentra un huequito en el acolchado y se acomoda hecha un bollo diminuto. Cuando salgo —a la cocina, al baño, a cualquier parte— empieza a llamarme con un maullido mínimo, apenas un mi, cortito, repetido, urgente.

    Hoy le di la pelota que le compré: de plástico hueco con otra bola adentro que suena como un cascabel. Estuvo jugando un buen rato. Anoche también anduvo queriendo atrapar su sombra en la pared.

    Comió alimento húmedo —el de la mejor marca—, pero al agua apenas la olió. Esta mañana se escondió bajo la cama y volvió cubierta de pelusas.


    Carla, la vecina que me la dio en adopción, rondará los cuarenta. Vive con su madre y su hija en un departamento pequeño como el mío,. La madre pertenece a ese linaje de personas que creen que la amabilidad incluye opinar sin invitación: lo conozco bien, la mía también es así.

    Yo, sentado en el sillón, intentaba escuchar mi intuición para elegir una entre las tres gatitas disponibles. Una decisión de segundos que me va a acompañar casi un par de décadas. Mi última gata vivió 17 años. Y sin embargo, mientras intentaba afinar el oído interno, la señora hablaba y hablaba:
    Esta es mimosa,
    a esta le encanta jugar,
    esta se te acuesta en la cabeza cuando dormís.

    Pensé en el meme de los Simpsons —Nelson diciéndole a Marge Cállese, señora— tan útil para un momento así.

    Al final decidí otra cosa: abrí el bolso y dejé que el destino eligiera. La primera en entrar se venía conmigo. Entró la gata madre, cómoda, como en su hogar, pero no estaba en adopción. Después se metió una de las dos gatitas negras. Se sentó a su lado.

    Esperé. La madre salió. Ella no.
    Entonces lo supe.

    La cerré en el bolso, despacio, y caminamos hasta casa.
    Era ella.
    Uga.

  • Predator: Badlands

    Da lo mismo si es una película o un videojuego

    No me gusta dedicarle un párrafo a hablar mal (léase, enumerar defectos o problemas) de una película. En los breves meses en que fui crítico de teatro independiente me enfoqué en nombrar las virtudes de un proyecto más que en hablar de sus debilidades; cuando la obra me había resultado insoportable, directamente no escribía nada. Pero una cosa es el teatro independiente, donde todo está hecho a pulmón, y otra muy distinta es una película que costó 105 millones de dólares, como “Predator: Badlands” (2025).

    Que hay pocos temas nuevos en el universo audiovisual es algo que ya se ha dicho hartas veces; que se reciclan —con mayor o menor disimulo— los temas, personajes y estilos de productos que ya tuvieron su momento de gloria no es novedad. Empezando por la última trilogía de Star Wars (episodios 7, 8 y 9), que es la misma historia original vuelta a hacer para los que nacieron después del éxito de la original.

    No tengo problemas con las remakes ni los reboots; después de todo, hay reformulaciones que enriquecen al original (valgan Scarface, de Brian De Palma; Cabo de miedo, de Martin Scorsese; La mosca, de Cronenberg o Charlie y la fábrica de chocolate, de Tim Burton, como ejemplos). Tengo problemas con el concepto de usado. Cuando uno compra un auto usado sabe que está comprando un auto usado: no espera que funcione ni que se vea como uno nuevo. En la industria audiovisual parece haber un consenso en obviar este concepto. “Predator: Badlands” es una muestra de ello.

    Más allá de que es parte de una franquicia, la película no aporta nada nuevo. El yautja, personaje principal, podría haber sido tanto el cazador alienígena que es como un marine, un veterano de guerra, un renegado social o cualquier arquetipo de antihéroe que busca redimirse con una misión. Por supuesto que se encuentra con una mujer bella —Elle Fanning— como interés romántico (si no del personaje, del espectador) y con un socio estrafalario, una especie de monito simpático, como alivio cómico.

    La historia no es nueva: Dek —el alienígena en cuestión— no encuentra lugar en su clan porque es considerado débil por su padre, quien intenta matarlo por ese motivo (tranca, la familia). Su hermano mayor da la vida por él y muere enfrente suyo. Dek quiere demostrar su hombría y ganarse la aprobación del clan viajando a un planeta lejano a cazar a una criatura salvaje a la que hasta su padre le teme. Si lo consigue, obtendrá un lugar dentro de su grupo de pares. Si no, no será nadie.

    Tenemos al personaje, la premisa y el objetivo. A partir de ahí, la lógica de videojuego: pasar pantallas, superar obstáculos, vencer enemigos, escapar del peligro, llegar al final.

    La fui a ver a un cine que no está del todo bien ponderado: el Cinépolis de Plaza Houssay, que es cómodo, limpio, tiene buen precio y los mejores pochoclos. Lo único que faltaba era que cuando entrara a la sala me dieran un joystick para jugar la película, porque realmente la proyección parecía la de un gameplay, como las que hay en YouTube que muestran el desarrollo completo del juego sin tener que jugarlo.

    Éramos como mucho 10 personas en la sala, un sábado a la noche en horario central. El resto se habrá quedado en su casa jugándolo en la Play.

  • Pappo no murió

    Alejandro, el psicoanalista, tiene unos 40 años, es alto como yo y un poco menos pelado. Tiene una afabilidad que parece de otra época. No sólo su forma de hablar, también la sobriedad de su manera de vestir parece la de alguien que viajó en el tiempo desde décadas pasadas. Si me recibiese con un bombín puesto, más que extrañarme me haría terminar de quererlo. Usa camisa, saco de corderoy marrón y pantalón de vestir al tono. La neutralidad hecha vestuario.

    Me abre la puerta de calle de un edificio amplio de mediados del siglo pasado, un poco venido a menos pero que alguna vez fue muy elegante. Me hace pasar, me da la mano y me recibe con un “¿cómo le va?”. Me trata de usted y eso me cae bien. De manera no recíproca, yo lo tuteo.

    Subimos por el ascensor de servicio hasta el segundo piso. La cabina es mínima y apenas entramos los dos. Él me da la espalda y queda de frente a la puerta. Yo aprovecho para mirar las paredes del ascensor y encuentro una inscripción rayada en la pintura, seguramente con una llave, que dice “Pappo no murió”.

    Esa manía nuestra de mantener vivos a los muertos que nunca entendí. “Pappo no murió”. Se refiere, claro, a Norberto Napolitano, el guitarrista de blues y heavy metal.

    Caigo en la cuenta de que estoy yendo a una sesión de psicoanálisis para hablar de mi papá y leo «Pappo no murió». Quiero comentarle esta epifanía a Alejandro cuando estemos en el consultorio.

    Llegamos. Entramos a ese cuartito mínimo donde apenas caben su sillón, su diván, otro sillón y una biblioteca nutrida. Me distraigo leyendo los títulos en los lomos de los libros. Cuando empieza formalmente la sesión, me olvido de comentarle lo de Pappo no murió. Tal vez tampoco hubiera hecho falta, porque para mí la síntesis ya estaba hecha.

    Entiendo que no, que mi papá no murió, que está vivo en mí, en mi genética, en mis recuerdos, en mi hijo.
    La sesión ya estaba terminada, antes incluso de haberla empezado.

  • Lo más cool que vas a escuchar esta noche

    La propuesta era interesante, dos shows de música desenchufada en una locación desconocida hasta 24 hs antes del evento. La intriga le suma interés al programa. Cuando al fin mandaron la dirección, celebré en silencio: quedaba a distancia caminable de casa.

    En la puerta nos dieron las instrucciones: todos sentados en el suelo, cuando el grupo tocara se cerraba la barra, y que en lo posible durante el show evitáramos ir al baño. Un poco forzado lo del baño, pero bueno… no era una prohibición, sino más bien una sugerencia, como para preservar el silencio y la atención, viste.

    El lugar es un coworking en Palermo, minimalista y moderno, en donde por suerte no abundaban (aunque tampoco estaban ausentes) las frases motivacionales en la pared.

    Se sube un muchacho de veintipico a la alfombra en el piso que hace las veces de escenario. Se queda como esos profesores de la escuela primaria que, cuando los alumnos están hablando a los gritos, espera quieto y hace silencio hasta que todos se callen. Nos da la bienvenida y le da pie al primer número de la noche, un dúo de guitarra y voz.

    Y acá es adonde quería llegar.

    Cuando empiezan se hace evidente que el flaco que canta, por su acento y sus palabras, es 100% porteño. Pero por algún misterioso motivo, cuando larga con la primera canción su entonación se convierte de golpe en un acento portorriqueño y reemplaza todas las erres por eles («con tu calól tú me hace desmaiál»), usando la embocadura de los labios como para pronunciar exclusivamente la letra «u».

    Probalo y me contás. La voz de nariz tapada y la pronunciación palatal.

    El estilo podría describirse como «baladas cool» donde todo es, justamente, tibio como café de barista servido hace cinco minutos. Música que no interpela, que no renueva, que no conmueve, que deja todo como estaba, incluyendo al que la escuha. Más de lo mismo, pero peor. Como las canciones que devuelve SUNO, genéricas, sin vida. ¿Estaremos en presencia del Dúo Algoritmo? Música que suena como una persona anémica haciendo un cover de SUNO (y no de Sumo, quién pudiera). No exagero.

    Termina la canción y el flaco vuelve a hablar «normal». ¿Es un personaje lo que hace? A ver el segundo tema… Sí, vuelve a cantar en «centloamelicano». Va y viene entre Palermo y San Juan de Puelto Lico: lo primero para hablarle al público y lo segundo para interpretar las canciones.

    Después de cuatro o cinco temas, lo miro a mi amigo Sebastián y le digo: «voy al baño a cortarme las pelotas y vuelvo». Se ríe y me dice que estaba pensando en algo peor.

    Me empaché de coolismo. Voy a sofocar mi angustia en un vaso de limonada infusionada con hibiscus orgánico y extractos de yerba mate.