Los ex novios

 En el lago lo veo a lo lejos, sentado a los pies de los molinos de viento, con la que fue nuestra perra, la hija que abandoné llena de culpa cuando nos separamos. Mis perras lo ven también y corren a su encuentro. Extiende su mano y las acaricia. Hay algo poético en que siempre me espere en los molinos de viento. Él se vuelve, a veces, un Quijote, y se pelea con cosas que no están ahí. Simplemente no están ahí. Y yo me lleno de miedo y trato de desenredarle las pesadillas de los ojos. Y sufro, sufro muchísimo por él. Sufro cada cosa que él sufre, y nunca va a saberlo.

Pero, últimamente, tiene buenos días. Como este. El sol brilla, el invierno se retrae: es casi primavera. Mi hija abandonada no entiende de abandono. Corre hacia mí y me embiste con afecto. Debo dejar de sentir culpa. Es un buen día para ella también. Esa es la cosa con los días, se suceden y eventualmente, llegan los buenos. Solo hay que dejarlos correr.

Hace unas cuantas semanas yo estaba en el baño de un bar, completamente ebria y risueña con una amiga. Un chico entró y, mientras mi amiga lo increpaba porque no sabía que el baño era mixto, me fijé en su cara. Su cara me pareció hermosa, fotografiable. Cuando pasaba a mi lado para entrar a los cubículos, le pregunté si necesitaba ayuda. “De hecho, si”, respondió, “Vengo del entierro de mi padre”.

Sonreí. Mi amiga lo abrazó. Algunas cosas parecen destinadas.

Pero nada está destinado. Solo soy yo, con mi enorme boca, escupiendo designios y corriendo detrás de ellos o creando mis propios molinos de viento para plantarles batalla.

Ahora estoy en el lago y mi exnovio me ceba mate mientras le cuento de mi día. Este fue un designio que no creí que alcanzaría. Muchas veces tuve miedo de que este niño se pierda. Siempre pega el volantazo cuando está al borde del no retorno. Me pregunto cuántas veces tendremos suerte en esa ruleta. Las perras juegan en el agua, se persiguen unas a otras. Somos una extraña familia ensamblada. Si el mundo está lleno de formas y ninguna es verdadera, yo elijo, al menos, las que evitan que nos odiemos.

La primera noche que el chico del bar vino a mi casa, me dijo que estaba buscando una relación a largo plazo. Me preguntó qué buscaba yo. Le contesté que el largo plazo no era una opción para nosotros porque en un mes se volvía a Costa Rica y yo no hago cosas sin sentido, pero que podíamos ser novios hasta que se vaya.

Se rió. Yo no me reí.

Le dije: “Quiero que me cojas como si cogiéramos hace diez años”.


¿Cruje el amor cuando el viento sopla?


Mi ex novio saca un montoncito de sedas sueltas del bolsillo y me las pasa. Mientras armo un cigarrillo, huelo su perfume en el papel. No importa cuánto tiempo pase, mi cuerpo responde. Cuando nos separamos, pasé meses aferrada al olor de la remera blanca que dejó en mi casa. En mi dolor, eduqué a mi cuerpo para que respondiera a su olor, del mismo modo en que su perra responde a su voz. Esa voz serena con la que ahora me pregunta, como quien toma lista, por los otros hombres.

En las semanas que siguieron hice, con el chico del bar, todo lo que me parece que hacen los novios. Fuimos a recitales, cenamos en casa, merendamos en el café, conocí a su madre, me metió los cuernos y no me importó, hicimos arte juntos y, sobre todo, cogimos. Mucho. Un montón. Su apetito sexual estaba exacerbado por toda la muerte que lo rodeaba y el mio por el hartazgo de años de no coger de todas las formas en las que me gusta coger porque nada en estos años duro el suficiente tiempo como para que yo me abra. Nada desde mi ex.


¿Y qué cosa invisible mueve tus aspas?


Mi ex hace una pausa larga y pensativa, luego dice: “Cuando estábamos juntos no entendía por qué te seguías hablando con gente con la que estuviste, pero ahora que estoy de este lado, lo entiendo. Perdoname, podríamos habernos ahorrado muchas discusiones”.

A veces tiene raptos de nostalgia. En su cabeza repasa la historia para entender qué hizo mal, en qué punto me perdió. Quién hizo qué es indiferente para mí. La pareja es algo que pertenece al ámbito de las formas, y la forma siempre tiene un final. De una u otra manera hubiese terminado. Amar a alguien no significa necesariamente que tengas que estar en pareja con esa persona. El amor pertenece al territorio de lo divino, trasciende las formas, es eterno. Y, así como las trasciende, las desestima. A pesar de la nostalgia.

Yo, en mi nostalgia, me revolqué hasta el cansancio con el chico del bar durante un mes. Y lo escuché en las noches decirme que me amaba al oído, cuando pensaba que estaba dormida. Y le dije también, alguna vez: “Te amo ahora”. Porque sabía que solo lo amaba cuando estaba desnudo de todo menos de la muerte en mi cama, pero no podía amarlo allá afuera vestidos de nuestros personajes, inmersos en la forma.


¿Qué se muele cuando muele tu molino?


Mi ex me pregunta qué pasó con el de Costa Rica. Le respondo que se fue a Costa Rica. “Bueno, ¿pero no te habló más?”, insiste. El chico del bar me escribe cartas de amor desde la selva y yo no las respondo. El universo conoce y desconoce la justicia. 

Digo: “Ya sabés cómo soy. Se terminó el mes. Supongo que ahora es mi ex novio”.

Se ríe. Sabe cómo soy. Se jacta de nuevo de lo que se jactó siempre: cuando nos conocimos le dije que no se ilusione, que me iba a durar dos semanas, y él, con su caballo blanco y su armadura reluciente, venció todos mis paréntesis lapidarios y permaneció conmigo. Comí con él, dormí con él, me desperté con él. Muchísimo tiempo, el suficiente como para que olvide como era comer sola, dormir sola, despertar sola. Tuve que aprenderlo todo de nuevo.

El chico del bar también quiso falsear mis designios. Me dijo que estaba pensando quedarse un mes más. Se puso muy serio cuando le dije que no quería que nadie se quedara en ningún lado solo por mí. Me dijo que tenía razón y sacó pasaje al otro día. Un extraño pensamiento crujió en mi cabeza: tal vez debería dejar que las personas se queden por mí. La noche antes de que viajara, me pidió que lo rape. Su padre había muerto y él necesitaba ver en el espejo que algo había cambiado. Hice un ritual para él, enterré mis dedos en su cabello una última vez y luego me convertí en la muerte que con ternura nos quita de entre los dedos todo eso a lo que nos aferramos y ya no necesitamos. Lo despoje de su forma. Esa noche lloré en el orgasmo. Ni yo sé por qué.


¿Qué es un molino sin el viento?


Mi ex ceba otro mate, la sombra de la visera le cubre los ojos. Siempre amé sus movimientos pausados y certeros. Esa especie de silencio que envuelve todo lo que hace. Conozco a este hombre. Hace un mohín con los labios, dice: “Vos sabés que si este o algún otro te molesta, me llamás y en dos minutos estoy en tu casa y desaparece”. Lo sé. A él siempre le aterró la idea de que los otros hombres se obsesionen conmigo como se obsesionó él, pero no me amen lo suficiente como para tragarse sus obsesiones, como lo hizo él. Yo tuve el mismo miedo algunas veces. Tuve miedo porque siento culpa, y siento culpa cuando no le doy a los hombres lo que piden. Las cuentas me cierran hasta donde me cierran y mi matemática es prodigiosa: los hombres nunca quieren realmente lo que creen que quieren.

En el tiempo que estuve de novia con el chico del bar, pude desear y pedir. Dije “cómo estuvo tu día?”, todos los días. Busqué su cuerpo por la noche y por la mañana porque lo sentí una extensión del mío. Le hablé en susurros cosas privadas. Pude alcanzar todos los trances del amor que pensé que solo se lograban con años de compartir el lecho. Entonces vi que todo esto no era más que vanidad y correr tras el viento. Una ilusión que no solo puede ser destruida, sino también creada. Las veces que sucedió en diez años y esta vez, que sucedió en un mes. Nada de estas experiencias depende de un otro, ni de las circunstancias, sino sólo de nuestra propia sugestión. 

Todos los años que en vano permanecí con un hombre pensando que no encontraría a otra persona que me hiciera sentir así, o que me tomaría siglos volver a lograr esa intimidad. 

Todas las veces que me privé de desear y pedir.

Me horroriza mi propio descubrimiento: El amor está en cualquier lado o no está en ninguno.

Las perras juegan en el lago.

Pito la última pitada de mi cigarrillo.

Mi ex dice: “Vos sabés que en esta vida o en la otra sos mi alma gemela, pase lo que pase”.

Ya llevamos más tiempo separados que el que estuvimos juntos.

El viento sopla, los molinos se mueven.



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